Hay cosas que no están en los libros y que solo se aprenden viviéndolas. Veranear en un pueblo con niños es, para mí, una de las experiencias más valiosas que puedo regalarles a mis hijas cada verano. En este artículo te cuento qué aprenden mis hijas cada año en Gallegos de Sobrinos (Ávila) y por qué, si tienes la oportunidad, deberías plantearte unas vacaciones rurales en familia.

En Navidad, en Semana Santa, en puentes y, por supuesto, en verano… siempre que no había colegio, mi padre, mi madre y mis dos hermanos nos montábamos en nuestro Renault 5 amarillo y nos íbamos al pueblo. Allí viví las mejores vacaciones de mi infancia, y ahora les toca el turno a mis hijas, que cuentan los días para llegar a este pequeño rincón de Ávila donde el tiempo parece detenerse.

¿Por qué veranear en un pueblo es bueno para los niños?

Vista de un pueblo tranquilo de Ávila en verano con niños

Veranear en un pueblo con niños tiene beneficios que van mucho más allá del descanso: fomenta la autonomía, el contacto con la naturaleza, el juego libre sin pantallas y el vínculo con la familia extensa (abuelos, tíos, primos). Son experiencias que difícilmente se replican en una ciudad y que dejan huella en la infancia.

Solo 157 kilómetros separan mi casa en Madrid del lugar donde nacieron mis abuelos y mis padres, pero al bajar del coche parece que hemos hecho un viaje en el tiempo. No hay grandes supermercados, ni semáforos, ni pasos de cebra, y según la época del año, puede que no te cruces con nadie por la calle. En mi pueblo, el aire es tan puro que, como decía mi abuelo Emiliano, ‘parece que nadie lo ha tocado’.

Hasta hace unos años, el único parque infantil se componía de un columpio, un tobogán y un balancín de hierro; el campo de fútbol tenía baches y no había redes en las porterías. La única ‘señal’ de que el tiempo no se ha parado en este lugar es que hay wifi abierta para todos los habitantes y veraneantes, pero solo en un radio de unos metros alrededor de la puerta de las antiguas escuelas, que es donde está el router.

Aún así, en los últimos años ha habido cambios. Hoy en día se ha invertido en un mini parque infantil, el frontón se ha asfaltado, se ha instalado una zona de ejercicio para mayores, también se ha creado una pista de pádel, se ha puesto una mini tirolina y disponemos una pista multiusos (¡estamos que nos salimos!), aunque el espíritu del pueblo sigue intacto. Parece que nos hemos actualizado, pero aún así aquí estamos en otro mundo.

Y aunque mis hijas son nativas digitales que dominan YouTube, TikTok y WhatsApp, en el pueblo se olvidan de todo eso, al menos por momentos en los que toca jugar al pilla-pilla. Vuelven a ser niñas. Vuelven a jugar. Los veranos en el pueblo son especiales.

10 cosas que aprenden los niños veraneando en un pueblo

Niñas disfrutando de sus vacaciones de verano en el pueblo, Gallegos de Sobrinos

Y, aunque pueda parecer un lugar donde no hay nada que hacer, ¡todo lo contrario: nos faltan horas en el reloj! Mi hija mayor, si la dejamos, sale de casa a las 10.00 horas de la mañana y, si la dejamos también, no regresa hasta la noche, a excepción de si tiene mucha hambre, mucha sed, tiene que ir al baño o le ha picado una avispa (no será ni la primera ni la última vez).

Cuando vuelven a Madrid, coincidiendo con la vuelta al colegio, son niñas distintas en todos los sentidos. Regresan más morenas, más altas, más sabias y aprenden cosas que no están en los libros pero que forman parte de la vida misma. ¿Sabes a lo que me refiero?

    1. Caminar por la carretera sin riesgos
    Una de las actividades que casi a diario hacemos es montar en bici o dar paseos al atardecer. Según cuál sea nuestro destino, cogemos un camino o la carretera comarcal que separa mi pueblo, Gallegos de Sobrinos, del vecino, Blascojimeno. Y así es como les explico que, si vamos andando y viene un coche, tenemos que situarnos a la izquierda; y que, en cambio, si vamos en bici, hay que desplazarlos al lado contrario.

    2. Formas de compra y venta diferente
    La venta ambulante no está permitida en muchos lugares de España, pero en el caso de esta zona de Ávila es casi la única manera (podrías coger el coche e ir a un pueblo cercano a la ciudad) que tenemos para poder comprar el pan y demás alimentos y productos del hogar. Para ellas es muy divertido descifrar si viene el del pan o el de los congelados según sea el sonido del claxon, el día en el que nos encontramos o la hora que lo escuchemos.

    3. El origen de las cosas
    ‘¿De dónde vienen los huevos?’ Puede que algún niño conteste a esta pregunta con un ‘del supermercado’, pero la verdad es que no es así. Por suerte mis hijas desde bien pequeñas han visto con sus propios ojos que son las gallinas las que ponen los huevos y han podido degustar una tortilla francesa de dos yemas muy muy muy amarillas gracias al ‘gallinero’ de la señora Josefa.

    4. Juegos de toda la vida
    No hay nada como dejar a un grupo de niños sueltos en un campo sin ningún tipo de acceso a las nuevas tecnologías para que su cerebro empiece a funcionar y a buscar formas de entretenimiento. Y así es como mis hijas pasan las mañanas y las tardes en una gincana de verano para niños con las chapas, las cartas o las tabas o ven cómo los mayores echan partidos al frontón o a la calva.

    5. Lo rico que sabe el cocido a la lumbre
    A día de hoy es todo un lujo poder saborear un rico cocido hecho a fuego lento en una chimenea, o como dicen aquí en mi pueblo, en la lumbre. Y ellas han tenido el privilegio de poder hacerlo y de degustarlo con productos 100% naturales, como el chorizo o el tocino que los abuelos han preparado durante la matanza en invierno o los garbanzos que le compramos ‘al Moreno’.

    Más cosas que descubren mis hijas de sus verano en el pueblo

    Pero lo mejor, lo que lo envuelve todo, es la familia. Los veranos en el pueblo son también abuelos, tíos, primos… abrazos largos, sobremesas eternas y carcajadas que se oyen desde el corral. Y eso no se olvida nunca.

    6. Vocabulario nuevo
    ‘Sube al sobrao’ o ‘Vete al caño a por agua’ son expresiones que solo escuchan cuando vienen al pueblo. Y es que en cada lugar hay un registro característico y aquí la jerga que se utiliza en ocasiones es muy distinta a la que están acostumbradas ellas a utilizar u oír en la capital.

    7.– Oficios como el de ganadero
    Quedan, al menos en esta zona de Ávila, pocos ganaderos o agricultores, pero aún los hay. Y su vida no es para nada cómoda. Vivir el campo es duro porque no tienen horarios fijos y si una vaca se pone de parto a las cuatro de la mañana, hay que atenderla y eso solo lo ven (y se lo explico y recalco) mis hijas con sus veranos en el pueblo.

    8. El valor de las cosas
    Lo tienen muy interiorizado, pero una de las cosas que más las sorprendía al principio es el hecho de que no se pudiera beber agua del grifo y que tuviéramos que ir a la fuente cada día a por ella. Una forma, como yo les digo, de valorar lo que tenemos y que, en ocasiones, no lo hacemos como deberíamos.

    9. A cocinar de manera natural
    Hay un ‘evento’ que nos anuncia que el final del verano está cerca: pasar una tarde recogiendo zarzamoras. Es una actividad muy divertida, que mis hijas esperan con emoción desde julio, pero que se demora hasta finales de agosto, teniendo en cuenta las lluvias de las últimas semanas y el calor. Con su camiseta más sucia (las manchas de zarzamora son muy difíciles de quitar) y su bolsa o tartera, hacen campeonatos para ver quién recoge más para que después la abuela Tere les haga rica mermelada para sus tostadas matinales.

    10. Cuidar y comprometerse con el medioambiente
    En el pueblo todos dormimos mejor y todos estamos más relajados, una consecuencia positiva de la falta de contaminación acústica y ambiental. Y así se lo hago ver para que cuando visitemos otros parajes seamos respetuosos con el entorno.

    Lo más importante de veranear en un pueblo: la familia

    Pero lo que envuelve todo esto es la familia. Los veranos en el pueblo son también abuelos, tíos, primos, abrazos largos, sobremesas eternas y carcajadas que se oyen desde el corral. Eso no se olvida nunca.

    Mis hijas crecerán, se irán, vivirán su vida… pero sé que un pedacito de su alma siempre se quedará en este pequeño rincón de Ávila, donde la vida se escribe sin pris

    Preguntas frecuentes sobre veranear en un pueblo con niños

    ¿Qué beneficios tiene para los niños pasar el verano en un pueblo? Fomenta la autonomía, el juego libre, el contacto con la naturaleza, el vínculo con la familia extensa y el aprendizaje de valores como el esfuerzo y el respeto al medioambiente.

    ¿Qué juegos tradicionales pueden hacer los niños en el pueblo? Juegos como las chapas, las cartas, las tabas, el frontón o la calva son alternativas divertidas y sin pantallas, ideales para el verano rural.

    ¿Es bueno que los niños desconecten de la tecnología en verano? Sí. Reducir el uso de pantallas favorece la creatividad, el juego social y la conexión con el entorno, algo que ocurre de forma natural en un entorno rural.

    ¿Dónde se puede veranear en un pueblo cerca de Madrid? Zonas como Ávila, a poco más de una hora y media de Madrid, ofrecen pueblos tranquilos ideales para desconectar en familia.